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30 de abril de 2019

Pollo al parquet (o como dicen en Argentina: posho al parquet)


Yo no invento historias, la realidad es suficientemente increíble.
Una receta de familia, muy sencilla.
Copyright Felix Achenbach
Los nombres han sido cambiados por respeto a los que ya no están


Durante los años de oro de mis servicios como diseñador de interiores en Argentina, tuve el privilegio de trabajar para miembros de la clase poderosa del país.
Industriales, estancieros, comerciantes de alto nivel, joyeros, mercaderes de telas, profesionales en general, fabricantes de preservativos que mantenían su métier sotto voce, duques de la siderurgia cuyos antecesores habían comenzado recogiendo metal por las calles, imperios mediáticos heredados o polvaredas de cemento cimentando fortunas incalculables. En fin, un corte longitudinal de lo que se llama “los de arriba” y los que tienen “vento”.

No todos tenían dinero que todavía olía a tinta de imprenta. Eran una minoría selecta con pasados gloriosos, bóvedas en la Recoleta y apartamentos en Avenida Alvear para cuando venían a la ciudad.
Esos entraban en la denominación de “testas coronadas” y sus modales y costumbres los separaban abismalmente del resto y era un placer trabajar con ellos. Portaban en sus genes el saber cómo debe lucir una casa sin ostentación, como vestir o como poner una mesa. Savoir vivre y savoir faire

Una mañana al llegar al estudio mi secretaria me comunicó muy excitada que había recibido una llamada del mayordomo de una estancia en Entre Ríos de una de las familias inglesas tradicionales.
Querían saber si yo estaría de acuerdo en viajar a ver el casco, intercambiar opiniones y considerar la posibilidad de trabajar para ellos. Mandarían su avioneta a recogerme en la mañana, recorreríamos la casa, almorzaríamos, y de sobremesa conversaríamos acerca del mi trabajo y honorarios.
Intrigado por este nuevo reto no dudé en hacer una cita. Acordamos una fecha y ahí partí rumbo al aeropuerto.

La avioneta había visto mejores tiempos, pero volaba. Despegó medio insegura y agarrándome de cualquier protuberancia pensaba que si el culo tuviera dientes el tapizado de mi asiento estaría todo rasgado.
El paisaje siguiendo el contorno del rio Paraná hizo el viaje muy placentero. Por momentos el piloto apagaba los motores y la dejaba planear sobre esteros y palmares.

Estancias Argentinas
Al llegar me recibió el mayordomo y me comunicó que la familia estaba terminando de desayunar en la galería de atrás y me esperaban allí.
Donald y Maggie se levantaron a saludarme cordiales y afectuosos, los padres de Donald y dos niñitos que hablaban inglés entre ellos agitaron las manos y dos perros cansados me miraron sin mucho interés y continuaron con su siesta.
Recogiendo el servicio una mucama vieja medio desgreñada y en chancletas me dijo “hola pibe” y siguió su camino a la cocina.
Donald se disculpo diciendo que “la Elsa” estaba en la casa desde tiempos inmemoriales, que lo había visto nacer y que por eso tenía esa familiaridad y trataba de “che” a todo el mundo.
Los viejos, desde donde bajaba la alcurnia y el dinero, estaban de vuelta de todo. Se llevaron a los chicos y a los perros a caminar y me dejaron solo con el hijo y la nuera.



Ambos eran una delicia. Él era abogado y tenia licencia de piloto y ella había incursionado en el diseño de joyas artesanales. Bellos, bronceados, casuales y amistosos. Me fueron mostrando la casa, contándome historias de algunos muebles y quiénes eran los personajes de los retratos al mismo tiempo que dándome una idea de lo que querían lograr ahora que habían decidido vivir allí permanentemente y hacerse cargo de la explotación de campo en una forma más moderna  y controlada. Sangre nueva y muchos proyectos.

Llegó la hora del almuerzo, nos acomodamos alrededor de una mesa ancestral donde los platos habían sido colocados sin mantel, servilletas de hilo, copas y vasos desparejos y cubiertos de plata muy pesados que me hicieron acordar a los de la casa de mis abuelos. Había también un par de fuentes: una con ensalada mixta de vegetales de la quinta y otra con papas al horno perfectamente doradas.
La charla continuó, amena, medio en inglés y medio en español. Por un instante puse atención a la Elsa que entraba al comedor, magistral, sosteniendo una bandeja de porcelana en la que reposaba un pollo al horno. Iba camino a apoyarlo sobre el aparador para trozarlo y servir cuando una de las chancletas la hizo trastabillar y al mismo tiempo que ella se aferraba a la bandeja el pollo despegaba como la avioneta, medio inseguro, pero determinado a dar su ultimo vuelo en esta tierra.
Aterrizó en el piso, se deslizó un poco más, pegó un cuarto de vuelta y paró, yo diría que hasta con gracia.
La Elsa lo recogió con una mano que luego restregó en el delantal y sin mucha ceremonia lo puso sobre la bandeja de porcelana y dirigiéndose a la mesa dijo: “posho al parquet” y procedió a cortarlo en presas y pasarlo para que nos sirviéramos.
Hubo risas y el comentario de que por suerte el piso estaba limpio porque venía “el pibe”.

En medio del proceso de presentación del proyecto la televisión trajo la noticia de una avioneta que piloteada por su dueño rumbo a su estancia había sido alcanzada por una tormenta feroz que la hizo caer en unos esteros. No había sobrevivientes.
No quise seguir escuchando.
El recuerdo del posho al parquet pudo más y me hizo sonreír a pesar de todo.

2 comentarios:

  1. Excelente la página Félix. Una mezcla de humor, información y buen gusto!

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  2. Excelente la página Félix. Una mezcla de humor, información y buen gusto!

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