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4 de junio de 2019

UN MUNDO SIN ESCUADRAS ES MENOS CUADRADO




Esta es la tercera entrega del tríptico que dediqué a una visita a Buenos Aires

Si les intriga lean las otras dos partes:

Cuidado con los Atentados

La Reina de los Ladrones


Copyright Félix Achenbach – noviembre 2008

Créase o no diría Ripley, en el país de la abundancia de herramientas de todo tipo no existen –hasta el día de hoy– escuadras de madera de 60 o 45 grados. Grandes. Como las que se usaban en las escuelas de Argentina para las clases de geometría.
Tampoco hay semicírculos o transportadores y mucho menos compases para pizarrón, también de madera, de esos que tenían un clavo afilado en una de las patas y un canuto metálico para insertar una tiza en la otra.
Durante los recreos de escuela de varones algunos salvajes alineaban las dos patas del compás formando una especie de jabalina. Dibujaban un círculo de tiza en el pizarrón y se dedicaban a arrojarlos a modo de lanza indígena tratando de acertar dentro del perímetro y haciendo agujeros múltiples en la madera.

Por razones que juntan la geometría y la alta costura yo necesitaba de esos elementales instrumentos para ayudar a mis costureras a escuadrar, marcar y cortar costosas telas para tapicería.
Viviendo en Miami, donde la población latina excede el 80% y donde se recrean las costumbres de los países de origen, pense que me sería muy fácil encontrar esos elementos.
Recorrí Home Depot con olor
a machos constructores y tiendecitas cubanas para modistas con aromas a Maja de Myrurgia y donde me entretuve mirando la belleza lunar de los botones de nácar que coruscaban en las vitrinas.

Navegué el Internet y visité cuanto negocio relacionado a materiales para artistas existentes en la ciudad y que no son pocos.
Parece ser que esos elementos solo hubieran sido parte del acervo escolar argentino o tal vez una quimera nostálgica.

A Buenos Aires vamos pronto…allí los encontraré, me dije con soberbia argentina ligeramente atenuada por años de vivir fuera del país.
En nuestra lista de cosas por hacer: comprar escuadras figuraba en importancia junto a una visita al Museo de Arte Decorativo palacio Errazuriz, el musical Eva con Nacha Guevara, una presentación de la Tana Rinaldi, revisitar los frescos de Soldi en las Galerias Santa Fe, cenar en el Oviedo y asistir a una presentación de la cantante Peruana Susana Baca que coincidía con la fecha de nuestra visita.
Un amigo artista amigo me proveyó de los teléfonos de todas las casas de venta de materiales para artistas de la Capital Federal.
Llame prolijamente a todas y cada una, donde sistemáticamente me verificaban que no las tenían.
¿Y cómo mierda ensenan geometría en las escuelas?, me pregunté ya frustrado.
Uno de los últimos llamado produjo una pista. Una luz al final de la senda oscura. Un dinosaurio de los ya casi extintos al escuchar mi tono de súplica atinó a decirme en voz baja y en un tono que mezclaba la complicidad del susurro de un secreto con una revelación divina: vaya al Once a una tienda que se llama De Todo, en la calle tal. Ellos seguro las tienen.

Ese mediodía nos encontramos con mis primos a almorzar y a pedido de Manuel que nunca había estado allí enfilamos hacia La Boca.
A instancias de mi primo, que conocía el lugar, fuimos a comer a un bolichón típico que está abierto desde el año 1934 -El Obrero - sin muchos cambios estructurales o decorativos desde aquella época pero que ahora frecuenta el turismo chic extranjero y algunos regulares de la zona.
Comimos una selección de matambre arrollado, tortilla de papas y cebolla, maravillosas acelgas salteadas con ajo y como broche de oro una corvina entera, horneada, que nos miraba desde la fuente con su ojo vacuo y fingía una sonrisa opacada por un rictus mortal lleno de dientes chiquititos.
Todo emanaba aromas tentadores.
No hay nada como el sabor de los ingredientes de la cocina en Argentina, aventuré. Todo es fresco y delicioso, agregué con orgullo mal disimulado. No como en USA donde todo sabe a plástico.
Dos botellas de vino después llegó la cuenta garabateada en un pedazo de papel madera.
¡Que barato!, me asombré. Mas barato aun porque pagó mi primo.
Antes de salir me excusé para ir al baño. Cuando empujé la puerta de madera al final del salón me encontré saliendo a un patio de conventillo. Una de las tres puertas sin cerrar daba a una cocina pequeña, elemental ya en 1934, desprolija e insalubre hoy.
Las otras dos puertas daban a los baños de hombre y mujeres -con las puertas abiertas- de donde emanaban aromas poco tentadores combinados con un fondo de creolina a la lavanda de pino de Rusia, o algo así.
Recostada contra un pedazo de pared entre las dos puertas, y por supuesto al aire libre, había una estantería con cuatro niveles donde reposaban frescos ingredientes culinarios.
Un estante estaba lleno de cebollas que, entre otros platos, aromatizarían las tortillas de papas.
El estante siguiente estaba ocupado por una gran canasta de mimbre rebosante de acelgas de color malaquita.
Lo más desconcertante era el tercer estante en el que en una gran fuente de aluminio muy manchado reposaban el sueño final tres corvinas enormes que me miraban con ojos vacuos y me sonreían mostrando dientes chiquititos mientras se marinaban en vapores de aromas menos apetitosos espolvoreadas por el natural hollín que flota en el aire de cualquier gran ciudad moderna.

Sin permitir que esta visión interrumpiera mi digestión nos arrimaron a Once en el auto, caminamos unas pocas cuadras y allí, como el faro de Alejandría se erigía "De Todo". Con el corazón palpitando por la anticipación y la ilusión de encontrar las famosas escuadras de madera tan largamente buscadas cruzamos la avenida Corrientes con el tránsito de las 4 de la tarde.
¡No te puedo creer, che! Dijo la vendedora, azorada. ¿No hay escuadras de madera en USA? ¿Y cómo carajo enseñan geometría en las escuelas? Con razón los yanquis son medio salame…
Con orgullo mal disimulado me empaquetó 4 escuadras, 4 semicírculos y un compás-arpón que Manuel comparó con las estacas para matar vampiros.
Todo madera sólida. Pesadísimo el paquete y con una forma un poco extraña y complicado de acarrear, aunque acomodado en una gran bolsa plástica.
De allí íbamos a comprar entradas para la Rinaldi para esa noche y a unas cuadras de distancia para Susana Baca para la noche siguiente.
El programa cultural casi completo habiendo ya visto Eva un par de días antes más haber conseguido las escuadras. La lista de cosas por hacer menguaba considerablemente en un solo día.
Manuel, que se orienta en cualquier ciudad del mundo, sacó su mapa ajado y acertó al decir: a esta hora va a ser más rápido tomar el subte.
El sistema de subterráneos de Buenos Aires fue uno de los primero del mundo y así se mantiene, sin reparar y sin limpiar, aparentemente desde su fundación a fines del siglo XIX.
Bajamos las escalinatas moteadas por chicles muy pisoteados y un vago pero insistente aroma a orines añejos.
Pagamos y fuimos directo al andén que la lógica de un arquitecto urbano como Manuel indicaría que los trenes iban hacia allá. No. La lógica no gobernaba un sistema diseñado por los ingleses que hasta el día de hoy conducen sus automóviles por el lado contrario de la calle. Era el andén opuesto y las escuadras empezaban a pesar.
Finalmente abordado el tren que iba hacia el lugar que nosotros queríamos e hincando pasajeros con la punta del compás que ya asomaba agresivamente de la bolsa maltrecha.

Nos bajamos en la sexta estación cercana al Centro Cultural Borges donde un nombre de esa envergadura prometía cantos de sirena. Allí actuaría esa noche la Rinaldi. Subimos un piso por escalera y llegamos, sudorosos y cansados, al mostrador esperando nuestro turno en la fila.
Una joven porteña, probablemente educada en Transilvania y en su afán gótico de parecerse a Drácula se mantuvo enhiesta e inexpresiva.
Uñas negras, labios negros, rímel negro y un atuendo negro. El look ya está demodé, vieja, pensé, al mismo tiempo que fui interrumpido por el aliento gélido y la pregunta desdeñosa: ¿Que querés?
¿Qué puede uno querer en el mostrador de un teatro que vende entradas para un show de ese calibre y con precios acorde? ¿Qué clase de gente va a ver a la diosa Rinaldi que merezca una recepción como esa?
Las escuadras pesadas fueron pasadas a manos de Manuel y con el recuerdo de las corvinas en el patio, el viaje en subte, la caminata con el paquete pesado y la fría recepción conteste irónicamente: entradas bien ubicadas, madrecita. Mostrame que hay disponible en las primeras filas.
Esas son muy caras, contestó Morticia Adams, con marcado desprecio al capitalismo consumista.
Yo no te pregunte el precio, dije, subiendo ligeramente el tono.
Otra vendedora, antítesis total de Morticia, con cabello rubio y sonrisa afable intercedió al intuir el maltrato.
Nos pusimos de acuerdo en ubicación, imprimió las entradas y me dijo: es tanto.
Extraje de mi billetera una dorada tarjeta de crédito sin la cual no puedes salir de tu casa y que te abre todas las puertas del mundo y la extendí.
No recibimos tarjetas de crédito.
¿Queeeee? En la boletería de un teatro es la cosa más absurda que uno puede esperar.
Mis pelos ya empezaban a tomar el color verde de las acelgas del patio. Guardé parsimoniosamente la tarjeta y extraje unos dólares de la billetera. También verdes.
Lo siento, dijo la rubia, con la sonrisa ahora congelada que me hizo acordar a las corvinas del patio: no recibimos dólares.
¿Como? Pregunte incrédulo. ¿En un teatro donde actúa una de las glorias argentinas y por donde pasa el turismo internacional con poder adquisitivo que puede pagar esos precios y porta tarjetas de crédito y dólares ustedes se dan el lujo de rechazarlos?
Bueno, esas son las reglas -dijo- pero ustedes pueden ir a las Galerías Pacífico y cambiar dólares.

Pegue una brusca vuelta pateando el paquete con las escuadras que Manuel había depositado en el piso y salimos del Centro Cultural Borges, donde las sirenas ya no cantaban y nos dirigimos a las Galerías Pacífico. Luego de caminar un rato dimos con el lugar de cambio de dólares. Manuel se arrimó a la caja y pidió cambiar dólares. Identificación, le pidieron. Viajero internacional consuetudinario extendió su tarjeta de identificación mexicana.
Eso no es una identificación, asevero la grotesca cajera. Muéstreme su pasaporte.
Seguimos en la misma zona de Buenos Aires plagada de turistas internacionales ansiosos por gastar sus dólares o euros y que dejan sus pasaportes en la caja de seguridad de los hoteles por temor a ser asaltados por la calle.
Manuel se retiró de la caja avergonzado. El documento que lo identifica como ciudadano mexicano aquí, en Sudaquia ya no servia para nada, el ya no era nadie.
Dame acá, yo soy argentino. Quiero cambiar dólares. Identificación, pidió la corvina, presente mi identificación del estado de la Florida valida en el mundo entero y donde dice que soy nacido en Argentina.
Pasaporte, esto no sirve. Pero soy argentino, dije ya con ira. Entonces muéstreme su DNI.
De nada valieron razonamientos de rigor en países turísticos.
¿Sabes qué? Le dije a la corvina mezcla de aprendiz de Drácula y pesada como las escuadras de madera.
¿Porque no se van todos a la reputa concha de vuestras respectivas madres?
Siempre regreso a Argentina con la esperanza de ver el cambio, pero ustedes siguen procreándose igual que hace 30 años. ¡Nunca van a aprender a tratar a los que vienen a dejarles dinero!

Y como en aquel show de la vieja televisión en blanco y negro donde Jorge Luz se iba siempre maltratado e indignado de algún lugar y pateaba la eterna maceta que hay a la entrada de cualquier lugar público de Buenos Aires.

En medio de la bronca aun nos quedaba la esperanza de deleitarnos con las canciones del Perú negro costero prometidas por Susana Baca.
En el calor de la tarde y arrastrando la bolsa de las escuadras caminamos un par de cuadras hasta llegar frente al teatro cuya dirección sacamos del anuncio del diario que ofrecía las entradas para el espectáculo.
Agotado por las peripecias anteriores preferí que Manuel entrara al teatro y comprara las entradas. Lo veo salir sin ellas y con sus ojos más oblicuos que al entrar.
¿Qué pasa? Pregunte, temiendo lo peor.
Acá no las venden. ¿¿¿Como??? Si, dice el cajero que se pueden comprar en el Internet, por teléfono a un numero 800 o en una oficina a 4 o 5 cuadras de acá.
¡¡¡Pero si el periódico dice que por entradas hay que dirigirse a esta dirección!!!
Si, pero no, fue la respuesta del agotado Manuel.

Bueno, llamemos a nuestros amigos a ver si quieren salir a cenar con nosotros. Tenes monedas para el teléfono? No.
Voy a comprar agua en ese kiosco y consigo. Compré agua y me dieron caramelos de vuelto. No tenemos monedas, decía el cartel.
Conseguir un teléfono público en una zona altamente turística de Buenos Aires y cambio para usar el teléfono fue otra empresa que culminó en una nueva frustración.
Por suerte encontramos un taxi que nos llevó al hotel y que se ganó unos dólares de los que no habíamos podido gastar en dos representaciones teatrales caras, para turistas con dólares que debían ser cambiados a pesos argentinos dentro de las normas burocráticas de los imbéciles que nunca salieron del país para ver cómo se maneja el resto del mundo cuando de venderles algo a un turista se trata.

La cena fue buena, uno de los raros placeres de Buenos Aires que las últimas generaciones no han podido arruinar.


2 comentarios:

  1. Querido Félix, siempre es un placer leer tus historias, pero ésta es un deleite, las aventuras que viviste con Manuel en Buenos Aires son realmente divertidas, ya cuando pasan a ser anécdotas y no en el momento, por supuesto!! Es tal cual como lo describes!! te felicito nuevamente, obvio que soy admiradora de tu blog!!!

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  2. Gracias Poldy, estoy considerar nominarte como Presidenta delClub de Fans de la Provicia de Cordoba. Me honraria que aceptaras.

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